Tres artistas actuales demoliendo mitos

En el Museo Yrurtia, con estéticas diversas, la producción de José María Cáseres, Juan Batalla y José Garnica cruza sus miradas con la de Rogelio Yrurtia, ‘el Rodin argentino’.

La Alumbrada

Tres muestras de artistas contemporáneos bien diversos pueden verse hoy en el Museo Yrurtia, ubicado en la casa del excelso escultor argentino Rogelio Yrurtia (1879-1950), cultor de la escuela academicista. En tanto Juan Batalla muestra sus peculiares esculturas hechas con caucho de bicicleta; José María -Pepe- Cáseres elige la fuente vacía del jardín del museo para rodearla y cubrirla con sus obras estilo MADI y el pintor José Garnica, elige la estrecha sala XI para colgar los dibujos excepcionales que conforman su serie Humus.

Varios puntos de la ciudad de Buenos Aires se convirtieron en icónicos gracias a la presencia de la obra de Rogelio Yrurtia, en cuya casa museo la obra de estos tres artistas establecen un diálogo, por lo menos extraño.

En un recorrido de pocas cuadras por la ciudad se pueden apreciar las monumentales esculturas del notable escultor: Canto al Trabajo, en Paseo Colón e Independencia, frente a la Facultad de Ingeniería; Monumento al Coronel Manuel Dorrego, en Suipacha y Viamonte; al Dr. Alejandro Castro en el Hospital de Clínicas; Justicia, en el Palacio de Tribunales y Mausoleo de Bernardino Rivadavia, en Plaza Once. Yrurtia también participó de un concurso internacional durante el Centenario de la Revolución de Mayo para realizar una gran escultura en la Plaza de Mayo. El primer premio se declaró desierto y el segundo lo ganó Yrurtia. Una manera engorrosa de laurearlo ya que no había mejor propuesta que la de él -según cuenta la leyenda-, pero la propuesta era tan inmensa y costosa que se convertía en irrealizable. Así se llevó un premio importante pero que no contemplaba la realización de la escultura. Si esa obra se hubiese realizado, la fisonomía y -quién sabe la historia de nuestra plaza más combativa- habría cambiado para siempre. La maqueta, que puede aún verse en su casa-museo, da cuenta de cómo la histórica pirámide quedaba en un segundo plano, tapado por un inmenso arco.

Yrurtia y su mujer, la pintora Lía Correa Morales, transfirieron al Estado su casa del barrio de Belgrano con todos sus muebles y con su colección de arte completa. La casa se abrió al público como museo en 1949. En el jardín -uno de los espacios más gloriosos de la casa- se pueden ver hoy sus boxeadores y en los pequeños cuartos del interior, además del mobiliario de un estilo renacentista flamenco, se plantan, inmensos, los modelos a tamaño natural del Moisés, perteneciente al Mausoleo de Bernardino Rivadavia, la Victoria del Monumento a Manuel Dorrego y la Justicia, entre otras. Esta obras apabullan por su tamaño que se agranda por la estrechez de las salas donde se exhiben, abigarradas, por todo tipo de objetos. Una curiosidad es un pequeño cuadro de Picasso que el pintor español regaló a Yrurtia pero que, en momentos de vacas flacas, le pide que le pague. Algo que uno puede perfectamente imaginar de Picasso, que exija, eventualmente, que se le pague un regalo. Así consta en una carta que se exhibe junto al cuadro en cuestión, firmada de puño y letra por el propio malagueño.

Cuando se ingresa al museo Yrurtia, la primera muestra temporal que puede apreciarse es la Serie Humus de Garnica, que constituye una pequeña porción de su trabajo en dibujo ya que el artista se dedica centralmente a la pintura. Según cuenta, ‘hace mucho tiempo leyendo un texto del (sociólogo) Nicolás Casullo retuve esta expresión: ‘ … la situación de Latinoamérica está sujeta a la lectura que hagamos de nuestro humus cultural”. De esa frase y de esa idea tomó el nombre y el espíritu de la serie.

Garnica, en los últimos diez años, trabajó en el relevamiento e inventario de imágenes del imaginario que nutre el circuito del arte. Así, primero realizó una serie Estudios Apócrifos, vinculados a la circulación de imágenes correspondientes a los festejos del quinto centenario del llamado descubrimiento de América. Más tarde esa serie mutó en esta que hoy exhibe en el Yrurtia. ‘Desde el principio -explica-, llevo casi treinta años exponiendo, traté de asimilar cierta oferta que la tradición nos ofrece y que no siempre observamos. (…) El imperativo ético de los artistas estuvo basado en consignas que privilegiaron el trabajo y la indagación, trazando líneas de investigación que deben ser entendidas como modélicas a partir del compromiso real con lo que se produce y no como mera copia. Pienso en artistas como Figari, Xul Solar, Torres García, Lozza, Hlito, Iommi, Ferrari, Noé’. Y, efectivamente, en esta suerte de alfabeto cifrado que muestra en sus dibujos es inevitable encontrar tras sus trazos originales, las ocurrencias surrealistas de Xul Solar pero también la racionalidad de Felipe Noé.

Las obras de Pepe Cáseres, pequeñas esculturas blancas y negras que responden a la forma MADI, rodean la fuente del jardín del museo. Son 17 y se ubican tanto en los bordes como en el interior vacío de agua de la fuente -sin agua por la plaga del dengue-. La forma MADI es un movimiento que alude al ritmo de la obra y que propicia que el espacio penetrante se vuelva obra. Espaciosos silencios que dialogan con los simples elementos de la geometría.
Estas formas determinan claramente los límites. Las obras, realizadas desde esta concepción, representan un tema, un sentimiento, una abstracción. ‘MADI no representa, no expresa, no significa. Es decir pretende ser pura invención’, afirma Cáseres. Una pena que obras negras se exhiben sobre un piso negro que diluye el juego de miradas. Las 17 esculturas, de una belleza singular, pierden con esta desafortunada elección del espacio expositivo.

El broche de oro de estas tres muestras lo constituyen, sin dudas, Tres horas para una nube, las 6 esculturas en caucho realizadas por Juan Batalla. En el fondo del jardín, donde éste casi se convierte en baldío, sus obras de gran tamaño realizadas con gomas de bicicleta producen el verdadero diálogo con las esculturas de Yrurtia, una provocación desde sus materiales y sus formas. Batalla, interesado desde siempre en el arte étnico, encontró casualmente hace siete años kilos de caucho de bicicleta tirados en una suerte de desarmadero. Antes había intentado trabajar con gomas de autos, pero le resultó inmanejable. El encuentro casual -o no- con estas viejos trastos generó un matrimonio que aún dura y rinde estos curiosos frutos: obras estrictamente contemporáneas que remiten a un arte totémico. Según el crítico Osvaldo Mastromauro, las obras de Batalla, ‘ensamblajes de caucho sobre madera remiten a figuras míticas, cierto Urgrund que habla de los orígenes y lo relata sin leyendas puntuales: sus totémicos figuras se alzan, enroscan o desenvuelven en tanto metáforas propias de la imaginación, rescatando la protohistoria de América, donde era usado para el juego de pelota, hace ya milenios’.

En efecto, Batalla las geometriza, desde su particular mirada, haciendo emanar sus esculturas desde un lugar insondable desde donde, sin embargo, se puede percibir la luz audaz de sus ojos de artista que enfrenta el desafío de dominar un material inédito, algo así como lo intratable del arte.

Publicado en Revista Ñ

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